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A BABOR FRANCISCO POMARES

Frentismo

11/ene/19 6:26 AM
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De repente se ha puesto de moda acusar al adversario de dedicarse al frentismo. Los socialistas y Podemos acusan a Clavijo de ser frentistas, Clavijo considera que el Gobierno de Sánchez es frentista, los andaluces acusan al PP de actuar de forma frentista montando un frente de derechas... El nuestro es un país de modas políticas, que últimamente no duran demasiado: a la moda de los círculos, le siguió la del naranjismo, y ahora parece que el mundo empieza y acaba en un partido que ha sacado una docena de diputados en un Parlamento regional y nos dicen que va a decidir todo lo que pase en España en los próximos 25 años.

Ya será menos... Ese partido, que iba a ser el baluarte de la ultraderecha desacomplejada y fetén, ha tardado menos de 24 horas en decir digo donde dijo Diego, y tragarse una tras otras sus propuestas más imbéciles, dejando que el PP las maquille hasta hacerlas presentables. Dentro de unos días, cuando empiece el verdadero debate presupuestario (en el que Canarias tiene poco que decir, por mucho que se desgañite Clavijo llamando a movilizaciones) y los independentistas catalanes decidan qué nueva deshonrita van a pedir a cambio de sostener los presupuestos de Sánchez, a lo mejor deja de estar de moda la ultraderecha para volver a estar de moda el soberanismo irredento.

Pero hasta que no haya elecciones, si es que Pedro Sánchez llega a convocarlas alguna vez -con moda o sin moda-, en España solo hay espacio para dos formas de hacer política: una es la que practica el propio Sánchez, que es comprar el voto de quienes quieren romper el Estado para poder gobernar el Estado, y la otra, la que capitanea el PP, que consiste en sumar el voto de quienes quieren acabar con la autonomía para gobernar (de momento) en una autonomía, la andaluza. A eso le llamamos ahora frentismo: a lo que hacen los de enfrente, porque cuando lo hacen los míos lo llamamos 'cambio'. El cambio que se votó en Andalucía contra Susana Díaz (aunque fuera ella quien ganara las elecciones) y el cambio que impulsó la censura a Rajoy (aunque fuera él quien ganara las elecciones). Ser frentista es dividir al país en grupos enfrentados: es algo terrible, destructivo, antipolítico y contrario a todo civismo. Pero solo si son los de enfrente los que la hacen. Si lo hacen los nuestros es ponerse de acuerdo con otras fuerzas políticas para responder a los deseos de la sociedad, que se expresa siempre diciendo lo que quiere con una claridad contundente.

Pues no, yo no tengo claro que en Andalucía la mayoría quisiera echar a los socialistas, ni que en España la mayoría quisiera desterrar al PP del poder, ni que en Cataluña la mayoría quiera la independencia. Lo que tengo claro es que la política que se hace en este país se ha radicalizado desde que el frentismo -una táctica básicamente comunista, teorizada por Lenin hasta la sociedad, y practicada por Podemos cada vez que se ha dado la coyuntura-, empieza por declarar que el que no piensa como yo es -de mayor a menor-: a) un incompetente, b) un oportunista, c) un vividor, d) un sinvergüenza, e) un criminal o f) un nazi (de derechas o de izquierdas).

Este país (y esta región y esta isla y probablemente esta ciudad) va a necesitar urgentemente ingentes dosis de vacunas contra el frentismo. Hay que estar preparados, pues, para empezar a vacunar a los otros.

A BABOR FRANCISCO POMARES