Criterios

Entre dos días calientes


18/sep/05 23:43 PM
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ERA UN DÍA CALIENTE. El domingo 4 de septiembre, seis de la tarde. El avión de Sevilla se aproximaba a Los Rodeos. Una densa calima envolvía la Isla. La tierra y el cielo se confundían en una terrosa nube. Como fino polvo de oro aventado por resuellos del desierto y reflejado por los rayos solares. Acostumbrado al mar de nubes rodeando y sosteniendo en lo alto a El Teide, recordando que lo que está escrito en el cielo se realiza en la tierra, presentí algo extraordinario. Las calles de La Laguna, resecas, requemadas y sudorosas, engalanadas con motivos episcopales, estaban bloqueadas y vacías. El calor era sofocante, el aire espeso. La respiración difícil. El cuerpo sudoroso. La mente somnolienta.

Un nuevo obispo era ordenado en la iglesia de La Concepción. Una hora después, por la televisión, pude ver parte de la solemne ceremonia. La gente, pese al calor, aliviado insuficientemente con improvisados abanicos, estaba alborozada. Hombres y mujeres se confundían en un caldeado ambiente de contento. Eran almas en ebullición que desprendían hervores de satisfacción. Jubilosa armonía.

Y como todas las cosas importantes, para que sean importantes, se someten a las leyes de la comparación, y se miden según valores conocidos, a mi memoria acudió otro día caliente, el día del entierro de don Domingo Pérez Cáceres. Agosto del 61. Era un día caliente. Fue al mediodía. Los rayos incandescentes de un sol pletórico caían verticales perforando lo mineral y lo vegetal, y taladrando los resecos cerebros afligidos por la muerte de un gran hombre. Entonces, las calles de La Laguna estaban repletas. La gente estaba apenada, había muerto don Domingo, el obispo. En la profundidad lejana de mi conciencia está aposentado lo que simbolizó Pérez Cáceres para el pueblo de Tenerife. Allí hierven vivencias compartidas. Y sobresalen la densidad de su humanidad y la sabiduría de los limpios de corazón, la sabiduría que se oculta a los sabios.

Don Domingo Pérez Cáceres fue un hombre excepcional y yo fui testigo de la faceta más interesante de su vida. Lo conocí cuando el mal acampó en su cuerpo, analicé su gran batalla contra la muerte y contemplé el derrumbamiento de su cuerpo y el engrandecimiento de su espíritu. Lo acompañé cuando su alma aflojó las cadenas que le unían a lo terrenal. Vi ascender su espíritu hacia las estancias prometidas por su fe.

Su consagración como obispo reunió en La Laguna a más de 35.000 personas, cifra muy importante para aquellos tiempos. En una carroza trajeron la imagen de San Pedro de Güímar. El Cristo de La Laguna fue traslado a la Catedral. En honor de la Virgen Patrona de Tenerife, hubo una procesión de candelas, por las calles laguneras. La Laguna, entre vítores y aplausos, recibió al nuncio. Las campanas de los templos de La Laguna no paraban de repicar. Fue una fiesta de varios días. Además del nuncio, estaban presentes Fray Albino, entonces obispo de Córdoba, y el de Canarias, Pildain. Como la gente no cabía en la Catedral, el acto fue seguido desde la calle por unos altavoces. La voz de don Leopoldo Morales narraba lo que en el templo ocurría.

Cuando las manos de los obispos se posaron en la cabeza de don Domingo y pronunciaron la fórmula: "Recibe el Espíritu Santo", un delirio compartido convirtió la ciudad en un volcán de alegría en erupción. Don Domingo, con palabras entrecortadas y humedecidas por la emoción, agradeció el favor divino de ser obispo. Obispo "en una tierra bendita, donde nacieron vuestros hijos, tierra bendita donde nacieron nuestros padres, fecundada con sus sudores, regada con sus lágrimas y ennoblecida con sus cenizas... Porque viví con vosotros, porque nacimos en el mismo suelo, porque respiramos las mismas brisas perfumadas de los campos isleños, porque conozco las ansias de inmortalidad que agitan vuestras almas, porque escuché siempre los latidos, las palpitaciones de vuestro noble y generoso corazón... está asegurada nuestra armonía".

El primero de agosto de 1961, don Domingo moría en su lecho del obispado, tranquilamente. Fue un pasar sin escalones, un abrir y cerrar una puerta sin estruendo, sin forzar las cerraduras. Un tránsito del sueño al sueño de los sueños. Un irse sin despedirse. Como el que se quita un traje viejo y se cubre con unas vestiduras nuevas y más livianas. En el obispado el ambiente era de calma y serenidad. En la Isla se produjo una explosión de lamentos y llantos, de rabia y desconsuelo. Rápidamente trasladaron su cuerpo a la Catedral. Allí fue expuesto, se sucedieron misas y responsos. Vinieron obispos. La Laguna no soportó en sus calles y plazas el gentío. La noche fue calurosa, el cielo estrellado, los patos de la plaza de la Catedral escondían sus picos debajo de las alas. Las palomas, aquietadas por el espanto, arrullaban en la techumbre de la Catedral. Las grandes palmeras, desgreñadas en los tiempos ventosos, lucían sus cabelleras desganadas, lisas y brillantes porque la luz de las estrellas se reflejaba en sus hojas.

El funeral solemne y el entierro multitudinario son hechos difíciles de olvidar. Creo que la población total de Tenerife y algunos venidos de otras islas se concentraron en La Laguna. Los hombres se disputaban por llevar el ataúd. Las mujeres lloraban, los niños miraban asombrados. El sol derretía el asfalto y un aire seco hacía irrespirable la atmósfera. La gente era indiferente al calor y a la sequedad. Estaba anestesiada por la pérdida de su obispo.

Entre dos días calientes, uno en el recuerdo y otro ante mis sentidos, comparando, transité la escala de sentimientos, desde el caliente triste hasta el caliente alegre. Mientras en la memoria, la máquina del tiempo recorría cuarenta años de vida y el polvillo perezoso, como mis energías, reposaba en los cauces claroscuros de las calles laguneras, una sinfonía de Mozart saturaba mis oídos de música. La música fue el mejor refrigerio. No esperé a la caída del sol para enfriar los recuerdos tristes. Guiado por la voluntad de sus páginas, abrí un libro de Papini.

Y leí: "La vida permanece aquí, como era antes, como un sauce podado ávidamente año a año y que enseña en su tronco las heridas". Y añadí: y en sus hojas, la alegría.