Santa Cruz de Tenerife

Agricultura, subvenciones y subdesarrollo


22/dic/04 22:51 PM
Edición impresa

LAS SUBVENCIONES AL CULTIVO del algodón en Estados Unidos permiten que 25.000 agricultores mantengan un nivel de vida aceptable. Es decir, que habiten en confortables granjas, con televisión e Internet -si hiciera falta- vía satélite, potentes coches para ir a la ciudad y los mejores electrodomésticos del mercado. Todos esos granjeros podrían sobrevivir sin dichas ayudas, pero casi ninguno seguiría cultivando algodón, ni posiblemente otro producto agrario, por la sencilla razón de que les resultaría más rentable cuidar jardines en Beverly Hills o vender perros calientes en la Quinta Avenida. Ni en Estados Unidos, ni en Europa, ni en ningún lugar del primer mundo sería viable una agricultura privada del amparo estatal.

No obstante, a cambio de que 25.000 cultivadores de algodón norteamericanos disfruten de una renta digna -digna según los cánones de ese país, se entiende-, diez millones de agricultores africanos deben subsistir en el límite de la muerte por inanición. Olvidando cualquier tentación demagógica y ateniéndonos escuetamente a las cifras, este es el resultado final del proteccionismo. Por supuesto, cabe el manoseado recurso de arremeter contra los gringos despiadados y su capitalismo salvaje, causantes primigenios y últimos de todos los males que en el mundo son. Pero, ¿acaso no subvencionamos también nosotros? Y cuando digo nosotros pienso en los burócratas de Bruselas, desde luego, pero también en esa parte de la Europa lejana que es Canarias.

Siempre he defendido las ayudas a la producción agrícola en el Archipiélago y no voy a cambiar ahora. No porque resulte impopular opinar lo contrario -eso me trae sin cuidado; hay muchos a quienes no-, sino porque estoy convencido de que sin ayudas, sin cuantiosas ayudas, conviene precisar, el campo canario -y el de cualquier región europea- hace tiempo que habría desaparecido; en muchos lugares para transformarse en un erial, y en estas islas bajo una contundente capa de asfalto y hormigón. Sin embargo, eso no impide reconocer que salvar lo nuestro implica la miseria de muchos. Una realidad que aquí percibimos en forma de pateras, fenómeno que se incrementará durante los próximos años, aunque pongamos radares hasta donde no quieren Tomás Padrón y los herreños. Incluso aunque les paguemos un sobresueldo a los gendarmes marroquíes, de forma que no sucumban tan fácilmente al soborno de las mafias.

África necesita mucha más ayuda de la que le damos. En primer lugar, para librarse de gobernantes déspotas, cuando no directamente corruptos, que gastan en guerras tribales gran parte de los fondos que reciben. Pero a los africanos también les urge comercializar lo único que, al menos de momento, pueden producir, teniendo en cuenta que no están en condiciones de fabricar coches de lujo en Nigeria o televisores de última generación en el Sudán. Me pregunto, indudablemente con cierta candidez, si a estas alturas hemos de seguir peleando por unos cupos de tomates, que es casi lo único que pueden cultivar ahí enfrente para no morirse de hambre. ¿No sería mejor montar una industria que abastezca a esos países de técnicas y herramientas necesarias para una agricultura moderna? Aunque es, como digo, una pregunta de ingenuo.

rpeyt@yahoo.es