La ambición humilde

Álvaro Cervera cerró su intervención el domingo en la sala de prensa con un mensaje muy atractivo: “Ahora tenemos que ser más ambiciosos”. La frase merecía una explicación mayor, más detallada, para que nadie se confunda, pero no era el sitio ni el momento.  Álvaro quiso decir lo que dijo, pero dando por sentado -al menos así lo creo-, que la ambición que le pide a su equipo no implica un cambio sustancial de las señas de identidad de este Tenerife, todas ellas relacionadas con su humildad. Para seguir compitiendo así de bien, este equipo necesita conservar y defender  sus valores en el campo y fuera del mismo. De lo contrario se pegará un buen tortazo cuando menos lo espere.  El grupo ha crecido trabajando cada partido con una disciplina y una capacidad de sacrificio que le han dado cuerpo de equipo. El domingo, ante el Jaén, hizo una segunda parte buenísima, en especial en todo lo que tiene que ver con su comportamiento como bloque: todos los jugadores relevan, todos permutan, todos se avisan, todos se ayudan y todos celebran el éxito (los goles) como una piña. Es la grandeza de un equipo que tiene como valor añadido su capacidad para procesar con naturalidad seis cambios en la convocatoria de una semana a la otra sin que los resultados lo aconsejen, o que asimila sin traumas la inclusión en el “once” de cinco futbolistas nuevos de una jornada a otra después de un buen empate fuera de casa (Numancia), porque por encima de las vanidades personales están los cambios estructurales que se necesitan en otros planteamientos tácticos. Sobre estos cimientos tan sólidos se desarrolla el progreso de un Tenerife que ha crecido a partir de la suma de once individualidades modestas.


Álvaro Cervera ha construido algo serio, un muy buen equipo de fútbol. No lo ha hecho pegando piezas caras, sino aglomerando voluntades de futbolistas que se igualan por su condición humilde, sin experiencia en la categoría y con un gran mérito en la adaptación a la exigencia de un entorno muy especial: jugar en el Tenerife lo hace cualquiera, pero muy pocos terminan triunfando. Los futbolistas de este equipo entran y salen de las alineaciones sin rechistar, pasan del campo a la grada y lo aceptan aunque no encuentren nada que reprocharse, y vuelven a la titularidad naturalmente cuando la táctica lo exige. Toda esta química es la que produce los automatismos y facilita  las respuestas generosas en el terreno de juego. La humildad es una seña de identidad, que no está reñida con la ambición, siempre y cuando todos entiendan que un posible cambio de objetivos clasificatorios es, simplemente, el resultado de mantener lo que nos ha traído hasta aquí. Se trata de seguir así. La ambición de la que habla el entrenador  es el siguiente paso en este mismo camino.

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